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Cordón roto

Nulo y desafiante tu constante

repetir la misma cosa

como si nunca recordaras lo aprendido

mariposa de papel en la metrópolis cielo.

Tu hilo mente, mamá,

revolotea.

Será que  me dejarás errante

limitada en el chasis

soñoliento del mustang verde

y de aquellas luchas

por ser la señora del hombre

que te humillaba y perdonaste.

Voz de mangó dulce y buena,

ya tu cintura desaparece, cede al peso barillento

de un casi adiós de frontera.

Múltiple de amor en sus abrazos

como el hilo del carrete, mamá, se aleja.

(Como si un duende te escondiera la mirada

y un chacal te infundiera el miedo en las pestañas,

se arremolina tu cuerpito de susto en tu pupila.

– Miedo, tengo miedo, así me dices.

-Y yo respondo: Estoy contigo y nada malo pasa.

-¿Y tu nombre cuál es?, me preguntas.

Y me duele tu olvido.)

Será que te me irás y para no dolerme

te me borras como las nubes

de mi niñez, de mi consuelo,

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como las líneas del carril bajo la nieve fría.

Ahora que eres menos tú andando en la ciudad

de calles temerosas, sin iluminación…

y de ruidos exaltada por la voz que siempre

te da malas noticias del hijo que no ves,

de los malos vecinos metiches que bregan

con lo malo,

del centro de conversaciones interceptadas

allá arriba…

Y cómo dejar a fuera a tu amigo invisible del FBI,

de los que son buenos,

de los que matan por seguridad.

Y cómo dejar sin contar lo de las flores

que hablan contigo

y los pájaros que cantan cuando mueves tus manitas,

así como un director de una orquesta limitada

a un auditorio sinfónico solo tuyo.

Será que para no dolerme en mí, tú misma

eres otra estratosférica ajena,

tu cordón roto, sin nombre, sin palabras precisas,

sin hijos, sin domicilio en la tierra,

sin llanto, sin lamento, con la sonrisa partida

y el  hilo caído indeleblemente en mí

como el genoma que me regalaste

sin saberlo al concebirme,

mamá-cometa.