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Isa, el espejo de Nar

 

 

Soy hermoso, soy bello, ¿no lo ve? Me detengo a mirarme en cada reflejo que aparece a mi paso. También soy respetable. Estoy tan decidido a ser inmortal que ni el vaticinio que recibí cuando comencé a vivir podrá intervenir en mi futuro. Viviré porque siempre habrá alguien que me necesite. Mi nombre ya lo sabe usted. No es la primera vez que hablamos, me parece. Además, puede verlo en el papel de piedra invisible donde transcribe muy cuidadosamente nuestras entrevistas. De mi país, tuve que irme hace mucho tiempo, pues por mi aspecto, no era aceptado. Y del  amor…las historias son muchas y breves, en su mayoría. No me malinterprete, soy hetero aunque para algunos sea etéreo. Supongo que por eso es que usted me escucha y porque quiere saber lo que en realidad sucedió la madrugada del 15 de abril con Isa, mi difunta esposa. De hecho, me casé con ella porque la había embarazado y luego perdió el muchacho. Claro, que me quedé con ella y no me arrepiento porque fui muy feliz. Ella era mayor que yo por un par de décadas o ¿eran tres? Ya no recuerdo bien. Al principio, yo la celaba de los hombres de su edad que tenían lo que yo no podía darle. Al principio, ella me celaba a mí de las mujeres de su edad que podían darme lo que ella me daba. No me malentienda, usted. No se trataba de recursos que bastante siempre he tenido. ¿No tendrá un espejo usted por acá? La verdad era que Isa reencarnó para mí. Ya nos conocíamos de otras vidas. En una de esas regresiones que los hipnotizadores de mi patria realizan, me dijeron que me encontraría con mi espejo, que se parecería a mí y que atesoraría las veladas maravillosas que pasaríamos juntos.

Era mi traductora y siempre estaba observando la perfección de mi apariencia impecable, mejor que mi agente publicista, Cuzco Blades. Con su delicado movimiento mantenía mis formas de belleza que me llevaban a querer observarme en los reflejos disponibles de mi entorno. ¡Ah, el mundo me veneraba! Mi hermosura la cautivaba y solíamos hacernos el amor con los ojos abiertos. Su suerte, decía, consistía en que yo no concebía más realidad que la de los reflejos de mi rostro, especialmente, en sus enormes ojazos negros. La vida es muy corta y yo no sé si usted lo ha comprendido. Le aconsejo que no se quede solo. Porque se nota que usted no tiene convicciones heroicas. Yo la amé muchísimo y le estuve muy agradecido por el amor que disfrutamos. Para ella yo era un Pierrot que se disfrutaba inmensamente. Claro que como usted se habrá dado cuenta, soy un gótico latino y por eso es que me visto así con chaqueta oscura y mi gotificación del sombrero panameño; de mi propia creación. ¡Ah, cómo gemía entre mis brazos… o ¿era yo? Y la verdad es que con nadie me llegué a sentir tan cómodo. Todo lo que yo hacía le gustaba y todo lo que Isa hacía jamás me disgustó. Creo que éramos como almas gemelas a destiempo. Por eso, no me importó la diferencia. Ella me hacía sentir tan bien como si yo fuera su emperador, su rey, su diosito de carne. Cuando nos preguntaban si éramos madre e hijo, contestábamos que sí y luego nos besábamos en la boca frente a todos para provocarlos como niños traviesos. Con su permiso, debo ir al baño. No, mejor iré después. Veo que usted se está incomodando por el rodeo que le doy a su pregunta sobre lo sucedido el 15 de abril a raíz de la extraña desaparición de Isa.   Isa, como ya le había explicado antes a la otra persona que me preguntó, comenzó a desaparecer por partes de mi vida hasta que ya no la pude encontrar, ni verme más en el amplio negro de sus ojos. Primero, fueron sus extremidades. Sabe, la pobre ya no podía desplazarse, pero yo la cargaba en mi espalda, era tan delgada y frágil. Luego desaparecieron sus zapatos, sus medias y sus joyas; el reloj también. Me parece que lo estoy cansando, pero no se apure usted que ya pronto sabrá lo que pasó. Esa mañana, cuando aún tenía sus espejos negros y yo podía mirarme en ellos me preguntó que por qué la hacía sufrir de esa manera y me suplicó que la ayudara a ser feliz. Ya usted entenderá que para alguien como yo tal petición requería de un estudio muy serio y altamente profundo… ¿Por qué lo bueno, lo bello desaparece con la brevedad de la vida? ¿A dónde van yéndose las falanges y extremidades que tanto placer nos dieran? Se imaginará que alguien como yo, con mi elegancia extraña y barroca, no iba a tomar las cosas muy a la ligera. Ella insistía en tomarse la fórmula de la felicidad breve, yo desconfiaba. Sabía que la mataría, pero ella insistió. Yo, tenía que encontrar el sentido de lo que le ocurría a ella. Se imaginará que hasta dudaba de mi existencia, quiero decir, del sentido de mi existencia. Mi Isa tenía una mirada de cristal fino y esto era lo que me mantenía en mi lugar, sus espejos negros, pero cada vez era más difícil verme en su mirada. Mi madre la llamaba “la bruja maldita que le había arrebatado a su bebé del Olimpo”; no veía la belleza en la mirada de cristal oscuro de Isa. Tal parecería que estoy obsesionado, pero la verdad es que solamente digo la verdad; porque eso es lo que usted y todos los demás buscan. Porque la verdad libera. ¿Tiene usted un peine de cabello en su escritorio? Creo que me he despeinado. Llegó abril. Isa ya no podía abrir los ojos y fue por esto que me perdí se lo aseguro. Compréndame, mi identidad se me extravió. No sabía el siglo que vivía, ni dónde me encontraba. Fue entonces que decidí venir aquí a informar de su desaparición; pero eso fue hace mucho tiempo y usted, con su mente corta no ha podido intuir el relato del 15 de abril. ¿Acaso alguno la crea viva porque alguien haya robado su nombre? Pues, no. Isa ha desaparecido para siempre y yo sólo venero mi imagen en sus ojos como un fantasma perdido en los espejos del recuerdo.

 

Mención honorífica del certamen Literario Juan Antonio Corretjer 2010, Puerto Rico