María (ensayo de un estudiante)

Noherbim Martínez Cruz

Luego del gran golpe que nos dio el huracán María, pasaron varias situaciones en el país. Muchas familias perdieron sus pertenencias. Había mucha escasez de suministros. Las ayudas no llegaban. Había pueblos que no había manera de lograr acceso, ni de salir de ellos. Sin embargo, surgió algo que pocos se esperaban. En los vecindarios, se comenzaron a retomar las comunicaciones entre las personas. La gente se ayudaba. Vecinos de mucho tiempo se dieron cuenta, por primera vez, que vivían uno al lado del otro. Habían comenzando a comunicarse y a colaborar como una familia; una familia extendida cuyo dolor era nuestro y sus alegrías también; y, poco a poco, nos fuimos uniendo más.

Salíamos a caminar, a correr bicicleta, patines y patinetas, actividades que no hacíamos hace mucho tiempo. Por la escasez que sufrimos de gasolina, tuvimos que desemplovar esos extraños artefactos que una vez sabíamos que se usaban, pero con el tiempo guardamos y olvidamos. Comenzamos a sentir el dolor de amigos y familiares que partían hacia Estados Unidos para tener un mejor bienestar para ellos, familiares encamados y otros que no podían conseguir sus medicamentos, recibir sus tratamientos o en muchos de estos casos las personas que los asistían, en sus hogares, dejaron de hacerlo. Muchas de estas personas iban a los aeropuertos solo porque escuchaban que los vuelos que traían suministros, se los llevarían.

Fue extraordinario el ver familias que perdieron todas sus pertenencias y aún así, decían: “Nosotros estamos bien; hay otros que están peores”. Familias sin nada más que unos paneles de madera y otras cosas para taparse de la lluvia y del sol, se contentaban con lo más valioso: la vida y el saber que su familia seguía unida, y a salvo, aún bajo esas circunstancias.

Para otras familias, hubo otro tipo de preocupaciones: las comunicaciones electrónicas del siglo 21. Surgió un tipo de “deporte extremo”, el de conseguir señal para poder comunicarse con los familiares y dejarles saber que estaban bien, o bien, pedir un poco de ayuda. El llegar a un lugar y conseguir un poco de señal mientras el del lado no lo lograba era casi como poner la vida en juego. Uno podía sentirse en peligro en ese momento. Para que no se nos olvide, estaban las filas kilométricas para sacar dinero de los cajeros automáticos, pero cuando nos tocaba el turno estaban cerrados. Perdiste el día haciendo una fila de horas y saliste peor de lo que ya estabas, eso era una experiencia traumática.

Sin embargo, entre todas estas cosas y el tener la oportunidad de partir hacia los Estados Unidos para no tener que pasar las necesidades que pasé, puedo decir que lo mejor que he podido hacer fue quedarme para ayudar a reconstruir a esta hermosa isla que me ha visto crecer, ayudar a que las familias se puedan poner de pie para prosperar todos juntos y tomar la decisión de ser parte de un mejor mañana.

 

Acerca de Iris Miranda

Iris Miranda es poeta puertorriqueña de la Generación del 80. Obtiene su bachillerato en Humanidades en la Universidad de Puerto Rico y la maestría en Estudios Hispánicos en la Universidad de Puerto Rico. Es profesora en la Universidad Politécnica de Puerto Rico. Ver todas las entradas de Iris Miranda

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