Archivo mensual: febrero 2016

La aventura de Fray Gonzalo

Este es un cuento del hermano de Luis Palés Matos, muy interesante, que trata el tema de los mosquitos. “La aventura de Fray Gonzalo”, de Vicente Palés Matos del libro Viento y Espuma (San Juan, Puerto Rico 1945)

De la Hispanola llegó Fray Gonzalo de Betanzos a casa del adelantado Ponce de León en Caparra, a principios del año 1519, delegado por los Padres Jerónimos para que – “ficiera una narrapcion de lo acomptecido con los indios; del trato d’ellos por los crisptianos e del modo de mover a los moradores d’esa Isla la Sancta Fe Católica.”

Su aventura en la parte sur del Boriquén, memorial que los Oficiales Reales de Sanct Xoan remitieron a Fray Pedro de Mora, General de la Orden, jamás fue dada a la publicidad. La extraña información de los indios que acompañaron a Fray Gonzalo – incredibile dictum- no está corroborada en muchos puntos, y daba margen para que los detractores de la congregación la mirasen con suspicacia y duda, sospechando el fracaso del Hermano bajo aquel lance con el Enemigo. Roídos los pergaminos y la letra borrosa y casi ilegible, hube de hacer esfuerzos inauditos para recomponerla. Conociendo, como pretendo conocer, el corazón humano, he añadido lo que necesariamente tenía que añadir.

Fray Gonzalo, según reza el cronicón, era de elevada estatura, de vivos ojos azules, demacrado de cuerpo y algo picado de viruelas. Ponce de León reunió, cerca del arroyo cenagoso que se tenía junto a Caparra, a la Justicia Mayor Sancho Velásquez, al contador Sedeño, al escribano público Juan de Soria y a varios oficiales del Consejo; y luego de breve consulta, entregó a Fray Gonzalo seis indios naborias, dos yeguas, y una campañilla de plata para que en la soledad del bosque congregara los infieles a la misa.

Una mañana partió el fraile hacia la montaña. Los indios que le acompañaban iban a su lado a pie. Cabalgaba desde el alba hasta que la sonochada se enredaba entre los árboles, seguido de la otra yegua, cargada con los bártulos dispuestos por el santo jeronimita. Cuando se hundía el sol, encendían, los isleños una fogata y dormían hasta que el primer venablo de la aurora hería el cielo disfanizado. Apenas comenzaba a decorarse el orto y matizarse de rosicler, Fray Gonzalo elevaba la cruz que le pendía del cuello, sonaba la campanilla y decía misa en el bosque. El cielo era su altar y el “camuy” le servía de sagrado ostensorio. Los aruacas, que habían aprendido a persignarse, arrodillábanse junto al fraile, y se daban fuertes golpes en el pecho en demostración de un ardiente celo religioso. ¡Era una vida sencilla y pía, que llenaba el Corazón de Fray Gonzalo de arrobo y de paz! Comían de las frutas silvestres, bebían en los arroyuelos, y al amparo de las ceibas oraba el fraile, vuelta la mirada hacia el índigo del “turey”. Debía haber muy pocos indígenas porque, aun a los tres días de constante caminar, ninguno había acudido a la llamada argentina y persistente de la campanilla que agitaba el jerónimo.

¡Vida de tranquilidad y bienandanza aquella! Cuando el bosque se incendiaba de luz, Fray Gonzalo sentía arder en su pecho el compasivo amor que de niño profesaba a la naturaleza en sus seres inquietos y diminutos, agazapados en los escondrijos de tierra, y en los habitantes de pluma que cantan al Creador desde la copa de los árboles centenarios. La paz de la selva evocaba en su espíritu el recuerdo del sereno reposo de los campos de La Mancha, de donde procediera. Sobre el desmesurado campo manchego descendía la noche clara y ni el más leve ruido sacudía las dormidas llanuras; en el bosque virgen filtraba la tibia sombra tropical, desde el cielo estrellado, y era idéntica la nostalgia que lentamente se ovillaba en su Corazón. ¡Días de amor por las cosas que desde la niñez aprendiera a querer tanto! Derribado a la sombra de los tabonucos, mientras parloteaban en lo alto las cotorras y guacamayos, seguía con ojos compasivos la tropa gris de las hormigas, para sentir perfecta y definida la obra del Oculto Hacedor, rebalsándosele el Corazón de una avasalladora ternura para cuanto ser poblada el planeta. Llamaba “hermanos” a los gusanos de luz, a los escarabajos y a los pájaros cantores. Los aruacas se miraban estupefactos los unos a los otros, y cuando el piadoso varón no los observaba, aplastan los bicharracos escurridizos que les salían al paso, mientras reían estrepitosamente.

-Creación perfecta – decía el padre comisario en alta voz.

Diariamente daba gracias al Señor por haber enviado, para alegrar la soledad del Hombre, a todas aquellas caprichosas formas animadas, y si se topaba con alguna crisálida en la hojarasca, la recogía con cuidado sumo y depositaba, bajo la luz solar, en el linamen* protector.

Al quinto día, desde la cima de la Montaña, divisaron la superficie bruñida del mar de la costa sur. Los naborias se adelantaron y el fraile quedó el último. De súbito, el monje se apeó de la yegua para recoger una mariposa que con un ala partida daba saltos entre los yerbajos. Tomó en sus manos el lepidóptero, y elevando la sombra de un personaje patizambo y rostribermejo que la miraba con pupilas zalameras.

-Perdonad, padre mío – comenzó diciendo el forastero – si interrumpo vuestras meditaciones, pero no me pude reprimir al contemplar vuestra obra vana…¡Y aquí me tenéis!

Movía, mientras hablaba, “algo”, detrás del levitín negro y ajustado que llevaba, que pareciole al fraile un conocido apéndice prensil. Cundía un ligero olor a alcrebite por la Montaña, y de la nariz ganchuda del intruso escapábase un humillo denunciador. Fray Gonzalo comprendió que se las daba con el Ángel apóstata. Acometiéronle íntimos deseos de hacer la señal de la cruz, pero la diversión de hablar con el rebelde, luchando con él para demostrar la firmeza de sus convicciones, detuvo la mano que ya iba presta a signar in nomine Patri. Después de todo, ¿cómo no iba a ganar él, Fray Gonzalo de Betanzos, en aquel encuentro con el Enemigo? Recordó las frases de Fray Bernardino de Manzanedo, su compañero en Monta Marta, quien decía que: -“de la lucha arranca la fortaleza del hombre”-, y mirando profundamente con sus ojos inquisitivos al Enemigo, contestole:

-Te conozco, Impostor. ¿Qué quieres de mí?

Aquella salida pareció apabullar a su contrincante, porque adoptó un gelatinoso aire de docilidad y mansedumbre; se sonó la nariz con un pañolón rojo que sacó de los faldones del levitín, y arguyó:

-No ignoraba, Pater, que los jerónimos tienen buen gaznate, pero no tan buen olfato. Aunque ha escrito un cofrade vuestro, perillán y cazurro, que…

-Tentador, -interrumpió severamente el fraile- no te permito que injuries a los Hermanos.

Ante esta reprimida, el Enemigo quedose cabizcaído y acabó por acoquinarse. Metió el rabo entre las piernas y con aire socarrón y voz de falsete, interrogó:

-¿Tomáis el fresco, Reverendo?

Traslucíase, bajo aquellas palabras, una marcada intención de parte del Réprobo de entablar polémica con Fray Gonzalo. Su ingénito impulso de argumentar, sentando falsas premisas para plantear ilegítimas consecuencias con visos de legitimidad, y su desmedido afán de ironizar, le habían hecho fallar las dos primeras tentativas. En eso, la mariposa aliquebrada cayó a los pies del fraile. Inclinarse Satán, tomarla entre sus manos garrudas, estrujarla hasta hacerla añicos y arrojarlos lejos de Fray Gonzalo, todo fue uno.

Esta vez el estupefacto fue el misionero. Su concepción del querubín rebelde no llegaba hasta ese extremo de inaudita crueldad. Aquel acto del Aborrecido le indignó, y con una voz de trueno que le temblaba de cólera, vociferó:

-¡Ah, demonio!… Sabía que hacías el mal como otros hacen el bien, pero ignoraba que fueras capaz de semejante vileza.

-Vamos, Pater, -contestó el Enemigo-así ayudo a concluir con estas ridículas e inútiles caricaturas de vida, que sólo sirven para jorobar al hombre.

El tonillo zumbón del Maligno, y las palabras con que remató su frase, exacerbaron la ira del jeronimita.

-¿Ridículas? ¿Inútiles? –gritó-. ¿Ridícula la mariposa tocada por el iris? Entonces, ¿crees inútiles todas estas cosas benditas: la rana, el grillo, el ruiseñor, la abeja?

-Claro está, inútiles porque nada resuelven y para nada sirven, sino es para fastidiar al homo sapiens, como os he dicho. ¡Por eso he sostenido en mi lucha que la creación es imperfecta, insensata y absurda! ¡Ah, Pater, si se me hubieran dado cartas en el asunto! Créame usted, Pater, plena errorun sunt omnia.

El fraile abrió la boca, pero no supo qué contestar. Su pasión por las vidas mínimas de la naturaleza era tal, que aquello acabó por rebosar el cáliz de su indignación.

-Vade retro, Sathana; -dijo empuñando la cruz –contigo no admito discusiones de especie alguna, y menos sobre la creación. ¡Vade retro! Nunquam mihi persuadebis hunc mundum non ab optibo et sapientísimo Deo creatum esse. El Enemigo, sin dejar su aire compungido y sin arredrarse ante la cruz, sacó del levitín una cosa delicadamente minúscula, y enseñándosela al fraile, comentó:

-Gracias por esa muestra de testarudez, Pater, y permitidme advertiros que el truco de la cruz esta pasado de moda. ¡Nunca me perdonaré el haberme rebajado a discutir con un clérigo! Pero, mirad –y extendía la mano-. He aquí quien argüirá con vos y os hará cambiar de opinión. Comprenderéis entonces, la obra del Omnipotente.

-¡Vade retro, Sathana! –repitió el monje, y dio con la cruz en la frente al Enemigo, al mismo tiempo que agarraba lo que el rebelde exhibía en la mano. El Apostata desapareció como por ensalmo. Un indio zaguero, que acompañaba al fraile, gritaba desde lejos:

-¡Matunheri! ¡Matunheri! ¿ke pasar ti?

Sin contestar al naboria, el jeronimita examinó lo que había sustraído al embaucador. Era un insectillo largo y gris, tal como una avispa en miniatura, del grande apenas de un grano de trigo, con dos albidas alitas transparentes.

-Mokito- dijo el indio al aproximarse.

Fray Gonzalo elevó la vista al cielo, bendijo al insectillo y le soltó de entre los dedos, como había hecho con la mariposa. Subió a la yegua y comenzó a bajar la montaña. Día y noche estuvieron sobre aquella cuesta llena de canchales. Resbalan de continuo las cabalgaduras despeadas, volcando a cada instante los fardos donde iban los menesteres del fraile.

Un atardecer, bajo un cielo de plomo, junto a unos guayabos florecidos, se detuvieron. No lejos, decían los aruacas, se encontraba el “caney” de dos poderosos caciques. A la montaña maravillosa había sucedido un extenso valle, desprovisto casi todo de árboles, con grandes uveros achaparrados que se extendían hasta la mar, con apacibles lagunatos donde vivían tranquilamente los zaramagos y donde revoloteaban los canarios de mangle y las garzas. La vegetación raquítica y teñida de un color amarillento, daba una lúgubre sensación de podredumbre y muerte.

Fray Gonzalo, repuesto ya de su entrevista con el Enemigo, dio órdenes inmediatas a los aruacas de levantar allí, cerca de un pantano, un improvisado bohío. Encendieron una fogata, merendaron con tortas de cazabe y frutas, comenzándose inmediatamente a levantar la cabañuela del fraile, entrecruzando ramas verdes de mangle. En poco tiempo estuvo construido el bohío. Cerca, ramoneaban las yeguas. El elegido del Señor envió cuatro de los indios en busca de los caciques, y quedose con los dos restantes para la pesca y preparación de la mandioca.

De noche soplaba del pantano un viento mefítico que se metía al bohío. Los naborias embadurnábanse con un sebo especial, y sin cubrir sus carnes desnudas, roncaban pacíficamente durante todo el dormir. A pesar del humo de la hoguera, levantábanse, nubes continuas de cínifes, alrededor del pantano, que ronchaban la piel apergaminada del fraile. En vano se arropaba con su manta de pies a cabeza, evitando así el zumbido y las picadas de aquellos dardos con alas. Al amanecer se retiraban, dejando al fraile en paz. Era entonces cuando podía conciliar el sueño, y caía pesadamente, libre de los importunos, sobre el frío de la tierra.

A instancias de los antillanos un anochecer se embadurnó con la grasa rancia que ellos usaban, pero la fetidez de aquel ungüento desvelole también, y al fin del alba se zambulló en una poza marina, restregándose con la arena rubia el pellejo, para librarse del hedor que le nauseaba. Admiraba a los indios que resistiendo aquel unto, dormían a pierna suelta, sin ser molestados por los habitantes del pantano.

Una noche salió desesperado del bohío, saltó sobre los boriquenses, y a la luz de la luna creciente que semejaba una garzota en el mar, se dio a meditar en los designios de Dios, repitiendo con Virgilio: -“Felix qui potuit rerum cognoscere causas…”-. Comprendía que algo había en esa obra suprema que le desconcertaba. Cuando tal pensamiento le asaltó, recordó su entrevista con el Enemigo, rezó en voz baja, alejó de su mente toda idea pecadora, y clamó desesperado la ayuda del Señor, para aquel trance amargo. ¡Debía mantener inquebrantable su fe, muy a costa de los sufrimientos de la arcilla mortal! Y lleno de ese laudable propósito, estuvo dos noches consecutivas soportando el aguijoneo incesante y doloroso de los jáculos de Protervo, resignado dulcemente a sufrir en provecho del alma. Al tercer día se creyó con fiebre; le ardía la piel y un incesante martilleo le rompía las sienes.

Aguardaba la vuelta de los indios que había enviado en busca de los “guamiquinas”, porque parte de su misión, en beneficio de la Iglesia, debía consistir en difundir por aquellos parajes inexplorados las prédicas en las que Fray Bernardino de Manzanedo lo había adiestrado, y tenía que llevar a cabo, de todos modos, la investigación que le había sido encomendada. A la cuarta noche flaqueó su voluntad ante aquel exasperado martirio, y se dio de nuevo a penar en el enigma secreto de la vida.

¿Había realmente formas inútiles de la naturaleza? Pero, de haberlas, la obra del Hacedor era imperfecta. Mas, ¿por qué la vida para aquellas púas alíferas, que solo servían para hacerle caer en el pecado de la duda, a èl, antemural de la Fe, ilustre pilar de los Santos Padres Jerónimos? En la sombra gimoteó desconsolado y reiteró su súplica al Arquitecto del Universo. ¿Dónde estaba la fortaleza que tanto habían admirado los Hermanos? ¿No había sabido resistir a la tentación de la caribe Aniceta, en la Hispaniola, durante su visita nocturna al poblezuelo indígena? ¿No había salido limpio de pecado cuando Sor Purificación se desmayara en sus rodillas, arremangándose la falda oscura sobre los muslos de leche? (Ese recuerdo le llenaba de turbia confusión, no obstante el tiempo transcurrido desde aquel remoto suceso.) Si había vencido en esos ingeniosos cepos del precito, ¿Por qué no podía aguantar ahora, ante la nueva añagaza del Enemigo? Pero, ¿es que valía la pena salvar el alma? ¿Valía la pena vencer siempre? ¿La salvación de su espíritu o la tranquilidad corporal?

Sumergía su alma en estas indeterminaciones, braceando él, la corriente de su cavilar, naufrago casi. Fuerte era el Adversario, indudablemente, pero aún más fuertes eran los Padres Jerónimos, y Fray Gonzalo tenía que demostrarlo así al Enemigo. Acaso… ¿no era una forma de vanidad eso de “querer vencer”? Tal deseo, ¿no era la raíz del orgullo? Intentó elevar una oración al Señor, alabando la armonía de todo lo creado, pero el escozor de las ronchas enfrió un tanto su entusiasmo, y calló. ¡Oh, si regresaran pronto los indos con sus régulos, podrían moverse hacia lejanas tierras salubres!

Al octavo día Fray Gonzalo daba pruebas evidentes de haber perdido su ardor mítico. Sonreía estúpidamente a los naborias; rompía en carcajadas que le doblaban en dos, y se santiguaba cari compungido al pasar junto a los lagunatos. Hacía cabriolas entre los arbustos de hicacos, o se estaba las horas muertas trepado en las ramas de los guayabos, hablando en alta voz y discutiendo con un ente invisible. Los indios le miraban, atónitos, arrastrarse por el suelo en busca de aquellas espinas aladas, y cuando encontraba una después de mucho manoteo, gritaba:

-¡Un mosquito, eh! ¡Ahora veredes quien es Fray Gonzalo!

Y con una delectación asaz diabólica, arrancábale de un tirón las alas, después los zancos encorvados y por último la trompetilla fina, y acercándose a los hormigueros, arrojaba el mutilado animalito entre la legión de hormigas que pululaba en la boca del nido, riendo como un loco hasta caer en un atontamiento tal, que ni veía ni oía cuando los aruacas se le aproximaban con el cazabe.

Un amanecer, los isleños despertaron sobresaltados. Fray Gonzalo, en el fondo del bohío, hacía visajes misteriosos. Arrancose el hábito de plano burdo y descalzose de las sandalias de esparto, colgando hábito y sandalias de una rama dentro del bohío; y muy despacio, como quien no quiere despertar el aire de su alrededor, salió, cerró la puerta rústica, retornó con un leño de la hoguera y comenzó a prender fuego a la choza.

In puribus, como viniera al mundo, mientras la casucha ardía rápidamente, inclinose, tosiendo y macilento, ante aquel supuesto ser con quien a solas conversaba, y haciendo una estrambótica genuflexión, exclamó con tono sarcástico:

-Habéis vencido, maldito. Fray Gonzalo de Betanzos es un perfecto idiota. Pero ahí, ¡ahí dentro!, están todos quemándose…¡Todos!

Y echando a correr como perseguido por alguien, se internó en el zuburuco, en donde nunca lo encontraron.

 

Fin