ADVERBUM

Adverbum, microcuento de Iris Miranda

Él se enamoró a primera vista.  – Mujer, ¿tienes nombre? -Soy Eva.  Y él quiso, pero ella, no. Decidió, pues añadir otra palabra a su estilo seductor. –Eva, mujer bonita. Ella lo miró de reojo con sus ojazos negros como la primera noche y siguió su camino. Angustiado, añadió otra palabra más propia de sus sentimientos. –Eva, te amo. Ella lo miró casi fijamente, pero no fue suficiente. Entonces, ya casi rendido, infló más su estilo seductor. –Te amo mucho, tanto, demasiado y locamente. Eva se le acercó sonriendo; lo abrazó fuertemente; y, la tierra comenzó a poblarse.

                                                                                  Microcuento de Iris Miranda

eva tribal

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Lila Refractus

Entonces, le inundó la cueva de espejos de piedras lisas. Ella no los quiso porque sabía que su vida era muy corta para perderla en rizos. Abandonó su oficio para crear una escultura de barro, otra; y, la adornó con piedras y flores para que simulara reflejar su imagen. Al regresar, se halló solo. Le había dejado un dibujo rupestre con forma de mano indicándole que ni ella ni sus descendientes se reflejarían jamás en ningún espejo paradisiaco.

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  • Microcuento de Iris Miranda

El nombre de las cosas

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Cuando la primera mujer humana descubrió que podía hablar comenzó a nombrar las cosas a su alrededor: los seres vivos, las ideas y los conceptos a su manera, que era de muchas maneras. El primer hombre, ya agobiado de tanto escucharla, pronunció el primer encantamiento:  “Aparece espejito”.

–Microcuento de Iris Miranda


Un día en la vida de mamá-bebé

Amanecida de recuerdos y charlas con gente que habrá conocido en su infancia, la mañana comienza para ella con los buenos días hasta que abre sus ojos. A veces, con coraje porque está dónde no quiere estar. Pasado el aseo, su paso va cada vez volviéndose más y más lento; su balance, se pierde y como no reconoce los nombres ni el uso de las cosas, las paredes, los muebles, mis manos, las barandas y las rejas, son su apoyo para caminar un poco. Una vez desayuna, comienza el concierto de música que ella tararea porque recuerda y que inmediatamente pasa a convertirse en un llanto desgarrador para una hija. Y aquí quisiera no ser quien soy de pies a cabeza: quiero ser alta y fuerte y ponerme un escudo antillanto para no llorar con ella. Ser como una enfermera que ha estudiado y entiende y no le duelen sus quejas ni reclamos. “Yo no le importo a nadie” me dice mientras llora; “Papito, mamita, por qué me dejaron”, o “Mi casa, quiero irme a mi casa”, y más recientemente: “Mamá, ven a buscarme. No quiero estar más aquí en el medio”.  Se hacen los intentos del consuelo, con éxito, de vez en cuando. Tenemos la bendición de que es una persona tranquila, aunque con mucha fuerza en las manos. Cuando está de ánimo, sale a caminar unos minutos al pasillo, y al entrar y reconocer que no es la casa que esperaba, otra vez, llora. Del llanto a la siesta, como un bebé que no sabe lo que quiere. Ha olvidado todo menos  los nombres de sus padres Pito y Pepita. Reconozco que me gustaría ser clarividente también para verlos si es que, en verdad, vienen a hablarle. Días atrás, se me caía de frente de lado, desbalanceada, pero yo presente. Tuve que llamar al 911 y a mi vecina en varias ocasiones porque como dije antes, sus manos y todo su cuerpo son un armazón de huesos fuertes y pesados. Gracias a Dios nunca se ha roto uno por eso mismo, porque son muy fuertes. Aunque dice mi nombre, no creo que lo haga porque recuerde que soy su hija, sino porque me asocia con el cariño que recibe y a todas las personas que la ayudan o visitan, a veces, las llama igual. Me dicen que dentro de poco tiempo elegirá encamarse, que es cuestión de tiempo. Esto me duele como si me pegarán duro en el pecho porque lo pienso últimamente a diario, sé que llegará ese momento en el que no podré ser su ayuda, en el que deberé tomar la desición más difícil de mi vida: buscar separarme para que ella pueda separarse y reunirse con sus padres.

Ahora toma una siesta en su butaca cómodamente. Le lavé y sequé el cabello esta mañana y se ve tan ella, tan hermosa, tan mi madre. Quisiera hacer tantas cosas, pero no me quiero despegar de ella. Son las 3:39 de la tarde y ya es hora de descongelar sus alimentos para cocinarlos. Eso sí, debo decir, que tiene un muy buen diente. Se lo come todo y pide más siempre. Llora, de nuevo, extraña a sus padres. Me rompe el corazón porque también yo los extraño y quisiera hacerles muchas preguntas acerca de las cosas que parecen haberle sucedido a ella durante esos tiernos años a los que ha regresado a recordarlo todo: lo bueno y lo malo. Ambas cosas la hacen llorar porque sabe que no está en su casa, ni están sus hermanitos.

Va entrando la noche, intento charlar con ella. Le doy una meriendita para que no me le baje demasiado el azúcar. Ahora me llama mamá, pero dura poco, no reconoce a su madre en mí. Se apresta a llorar por los recuerdos de su niñez. Le explico que va siendo de noche y que hay que cambiarla, asearla, ponerle pijamas para dormir y darle la última medicina. Ella ya no entiende nada, solo me mira con una ganas intensas de llorar “Papito, mamita…”, baja su cabeza, se levanta con dificultad y coopera. Finalmente nos dirigimos a la camita, y aunque los primeros minutos parezca enojada conmigo, luego comienza su fiesta nocturna con sus angelitos con los que suele reírse hasta rendirse del sueño. Si tengo suerte, eso sucede como a las 11 de la noche como temprano.

Mami es afortunada: tuvo tres (3) hijos. Mi hermana y yo la cuidamos con ayuda de cuidadoras en el hogar o de un centro de cuido diurno. Mi hermano, hombre de su época, ayuda de otras maneras.


Virginidad

Duele la paz perdida
de los hombrecitos que juegan a la guerra
o al gigantesco monopolio neoliberal
y la de las mujercitas que los apoyan
orgullosas de sus héroes ausentes
o inundadas de placer carnal
Y me duele más la indiferencia, el fanatismo.

Acaben ya de encontrar la piedra filosofal
entre otras necesidades

o lo que sea que los haga cantar en vez de gritar.

Los miro, injustos
lobos humanoides procurando el momento del ataque,

del saqueo, del genocidio feroz

…de Tánatos es la era…

Luego, cambio mi mirada y veo en mi bebé-mamá

la hermosa inocencia

que olvidamos no sé donde

la victoria de sus juegos que cambiamos por atrocidades

y mundos inconexos.

Y quisiera que todos fuéramos como ella.

Mami 2

 


Palmadas

                                                              A los instantes perdidos de lo cotidiano

Los brazos inmensos

la voz de trino de pájaro

un balbuceo en mis labios.

Contigo aprendimos a caminar cantando

manos preparadas para una mesa

con deliciosos manjares

porque hasta una raja de aguacate

sabía a algodón de azúcar

si venía del universo acoquinado

de tus palmas

fuimos arcilla entre ellas

con calor de cocción nos forjaste, y lo que

no debía ser, lo fuiste limpiando.

¡Alabanza, madre, alabanza!

Telas, uniforme, y libretas

obra de teatro, día de juegos

máquina de coser: traca traca, traca traca

la cinta medía los tamaños

el lápiz, la raya en la pared.

Ayer, ya no es

pasó el tiempo y el contra tiempo

palmadas

llegaron los diplomas

palmadas

llegaron los nietos

palmadas

llegó tu enfermedad

y se borró el mapa de tus manos

que solo se alegran inesperadamente

cuando me dan cantacitos amorosos

en mi trasero

como si al verme supieras

que llegó tu creación

esa a la que

le faltaba mucho todavía.


Laudo del 23er Certamen Literario de Poesía, Cuento y ensayo de la UPPR

Invitamos a los participantes de todas las categorías a llegar este miércoles 23 de mayo a celebrar el Laudo. Esperamos poder compartir con ustedes la Antología que este año viene con algunos extras como una entrevista a la pintora Vanessa Arandt, quien pintara el arte del Certamen mucho antes del azote del huracán María, y algunas otras entrevistas realizadas a los sobrevivientes del mismo para la historia.

Certamen 23 Laudo